domingo, 30 de marzo de 2014

LA ORACIÓN DE LA RANA 87.

                  El rabino Abrahán había llevado una vida ejemplar. Y cuando le llegó la hora, dejó este mundo rodeado de la veneración y el afecto de su congregación, que había llegado a considerarle como un santo y como la principal causa de todas las bendiciones que todos ellos habían recibido de Dios.

                Y algo parecido sucedía en "la otra orilla", donde los ángeles salieron a recibirlo con exclamaciones de alabanza. Pero, en medio de todo aquel regocijo, el rabino, que parecía un tanto afligido y como retraído, conservó la calma y se negó a ser agasajado. Finalmente, lo condujeron ante el Tribunal, donde se sintió rodeado de una infinita y amorosa benevolencia y oyó una Voz que le decía con infinita ternura: "¿Qué es lo que te aflige, hijo mío?"

               "Santo entre los santos", respondió el rabino, "yo soy indigno de todos los honores que aquí se me tributan. Aun cuando fuera considerado como un ejemplo para la gente, tiene que haber algo malo en mi vida, porque mi único hijo, a pesar de mi ejemplo y de mis enseñanzas, ha abandonado nuestra fe y se ha hecho cristiano".

             "Eso no debe inquietarte, hijo mío. Yo comprendo perfectamente cómo te sientes, porque tengo un hijo que hizo exactamente lo mismo".
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